Llevo escuchando desde hace meses en boca de muchos, sobre todo de Pérez
Reverte, el ensalzamiento del lema clásico e ilustrado
"razón-virtud-felicidad". Cuando en una ingenuidad sin límites se me
dice que un pueblo "bien educado" es un pueblo al que no se le puede
engañar en las urnas, me sale al paso con fuerza la objeción de que el
ethos significa también carácter, que algunos individuos y algunos
pueblos, por no decir todos, tienen un carácter arraigado que desafía la
ecuación ilustrada. Me viene a la memoria el educadísimo Martin
Heidegger y su historia de amor con el régimen nazi, bien votó a su
partido obrero y populista un señor que conocía el mundo clásico como
pocos; también me viene a la memoria el muy ilustrado Carl Schmitt,
jurista teórico que realizó esfuerzos ímprobos para capitalizar poder
del régimen hasta que fue vencido por campañas de difamación de sus
compañeros juristas, que se sentían amenazados por la acumulación de
cargos; me viene a la cabeza Schopenhauer, el primero en romper la
ilusión de la razón-virtud-felicidad, para el que el cultivo de la razón
no tenía por qué hacerte más libre y mejor persona y, mucho menos más
feliz, bien lo sabía él que creía que la vida humana se encontraba entre
el dolor y el aburrimiento; también Kant, gran ilustrado, en modo
alguno garantizaba que el actuar bien, el proceso de hacerse bueno,
tuviera algo que ver con la felicidad, más bien todo lo contrario. El
intelectualismo socrático en el que no hay malvados, sino sólo personas
mal educadas, nos ha llevado a pensar que los grandes cultivadores de
las humanidades jamás podrían ser corruptos ni adictos al régimen, algo
que no explica cómo Salustio, incisivo historiador, en los últimos
coletazos de la república de Roma, se enriqueciera vilmente en
detrimento de las arcas públicas, para terminar retirado con todo lujo y
morir en el mimo y el cuidado de una hacienda rústica; otro gran
cultivador de la virtud, ya en tiempos del Imperio fue Séneca, quien
tras turbias tramas de corrupción e influencia fue obligado a suicidarse
por orden de su emperador. Tanto Salustio como Heidegger, como Schmitt,
como Séneca sabían muy bien de la doctrina platónica del bien (de hecho
Heidegger le tiene dedicado al menos dos estudios); sin embargo ya sea
por su carácter o su codicia, y no desde luego por su ineptitud,
decidieron emprender un camino divergente al de la virtud. Lo que ocurre
en nuestra época es que las humanidades, el humanismo literario, ha
demostrado ser ineficaz en términos de inhibición y domesticación:
restituir la ecuación ilustrada ya sólo sería posible en un mundo como
el que plantea Aldous Huxley, una distopía del control genético donde se
cría y selecciona al hombre en una razón instrumental, que lo haga
virtuoso en tanto que útil para el Estado y feliz a toda costa mediante
fármacos. Sólo así es posible inhibir la ira que nos ha hecho occidente y
no nos encontremos ante esta situación, en la que el carácter de un
pueblo, forjado a base de caciquismo y predominio de unos pocos, se ha
hecho insensible al cultivo de las humanidades y el pensamiento, si es
que alguna vez esas técnicas sirvieron de algo, para seguir votando a la
corrupción y el tráfico de influencias, porque es algo ya normalizado
en el éthos de una comunidad. Para mí A brave new world no es una
distopía, sino una utopía en comparación con la España de charanga y
pandereta en la que vivimos.
lunes, 23 de marzo de 2015
Andalucía no es un mundo feliz.
Llevo escuchando desde hace meses en boca de muchos, sobre todo de Pérez
Reverte, el ensalzamiento del lema clásico e ilustrado
"razón-virtud-felicidad". Cuando en una ingenuidad sin límites se me
dice que un pueblo "bien educado" es un pueblo al que no se le puede
engañar en las urnas, me sale al paso con fuerza la objeción de que el
ethos significa también carácter, que algunos individuos y algunos
pueblos, por no decir todos, tienen un carácter arraigado que desafía la
ecuación ilustrada. Me viene a la memoria el educadísimo Martin
Heidegger y su historia de amor con el régimen nazi, bien votó a su
partido obrero y populista un señor que conocía el mundo clásico como
pocos; también me viene a la memoria el muy ilustrado Carl Schmitt,
jurista teórico que realizó esfuerzos ímprobos para capitalizar poder
del régimen hasta que fue vencido por campañas de difamación de sus
compañeros juristas, que se sentían amenazados por la acumulación de
cargos; me viene a la cabeza Schopenhauer, el primero en romper la
ilusión de la razón-virtud-felicidad, para el que el cultivo de la razón
no tenía por qué hacerte más libre y mejor persona y, mucho menos más
feliz, bien lo sabía él que creía que la vida humana se encontraba entre
el dolor y el aburrimiento; también Kant, gran ilustrado, en modo
alguno garantizaba que el actuar bien, el proceso de hacerse bueno,
tuviera algo que ver con la felicidad, más bien todo lo contrario. El
intelectualismo socrático en el que no hay malvados, sino sólo personas
mal educadas, nos ha llevado a pensar que los grandes cultivadores de
las humanidades jamás podrían ser corruptos ni adictos al régimen, algo
que no explica cómo Salustio, incisivo historiador, en los últimos
coletazos de la república de Roma, se enriqueciera vilmente en
detrimento de las arcas públicas, para terminar retirado con todo lujo y
morir en el mimo y el cuidado de una hacienda rústica; otro gran
cultivador de la virtud, ya en tiempos del Imperio fue Séneca, quien
tras turbias tramas de corrupción e influencia fue obligado a suicidarse
por orden de su emperador. Tanto Salustio como Heidegger, como Schmitt,
como Séneca sabían muy bien de la doctrina platónica del bien (de hecho
Heidegger le tiene dedicado al menos dos estudios); sin embargo ya sea
por su carácter o su codicia, y no desde luego por su ineptitud,
decidieron emprender un camino divergente al de la virtud. Lo que ocurre
en nuestra época es que las humanidades, el humanismo literario, ha
demostrado ser ineficaz en términos de inhibición y domesticación:
restituir la ecuación ilustrada ya sólo sería posible en un mundo como
el que plantea Aldous Huxley, una distopía del control genético donde se
cría y selecciona al hombre en una razón instrumental, que lo haga
virtuoso en tanto que útil para el Estado y feliz a toda costa mediante
fármacos. Sólo así es posible inhibir la ira que nos ha hecho occidente y
no nos encontremos ante esta situación, en la que el carácter de un
pueblo, forjado a base de caciquismo y predominio de unos pocos, se ha
hecho insensible al cultivo de las humanidades y el pensamiento, si es
que alguna vez esas técnicas sirvieron de algo, para seguir votando a la
corrupción y el tráfico de influencias, porque es algo ya normalizado
en el éthos de una comunidad. Para mí A brave new world no es una
distopía, sino una utopía en comparación con la España de charanga y
pandereta en la que vivimos.
miércoles, 11 de marzo de 2015
La cultura no existe...
Este artículo es una respuesta a "Vida sin cultura"
, publicado en el País 6/3/2015
, publicado en el País 6/3/2015
La cultura no existe, dicen algunos postmodernos. Supongo
que quieren criticar el humanismo nacionalista de los siglos XVIII y XIX, en el
que se enfatizó el término "cultura" como patrimonio nacional que
daba identidad y esencia a un país. Yo prefiero un sentido más originario de
cultura, que refiere al "culto": reunión en un espacio sagrado que
adora a una determinada deidad o a varias. Muchos critican la división entre
baja y alta cultura como clasista, tal vez esté obsoleta pero, no cabe duda, de
que la capacidad de leer, mirar y "oír" ha mutado en otra cosa. Los
últimos conatos de producciones para la lectura y los objetos de contemplación
estética se han adaptado a esta mutación, que consiste en la merma de la
capacidad de simbolizar del ser humano, dada su insistencia en lo meramente
presente; en el cálculo y la gestión estratégica. Esto ha ocurrido con menor y
con mayor éxito, depende del formato. No cabe duda de que el arte desde luego
ya no es una mera contemplación estética de la belleza; al menos no la belleza
desinteresada y clásica a la que alude el autor de este texto. Desde el
urinario de Duchamp hemos entrado en una época en la que el arte se ha hecho
meta-arte: reflexión sobre su propia esencia y validez; se ha hecho filosofía,
al fin y al cabo. Las performances, los ready-mades, las action-paintings, son
modos de proceder en el arte que han abandonado el canon de la belleza
estética; la manera de escribir de un Kerouac o de un César Vallejo ya mataron
la novela clásica y el canto del cisne y, aún siendo arte, reflejan mucho mejor
esta condición mutante de la pérdida de lo simbólico. El arte es lo que señala
la esencia de un determinado mundo de sentido: perder lo simbólico es estar ya
dentro de un determinado ámbito simbólico y sus producciones también son
artísticas. Hay una literatura para esta época, hay una poesía para esta época,
hay un cine y, en general, un modo de producir objetos artísticos para ésta
época; solo que requieren de otros formatos, otros soportes y otros públicos.
Evidentemente, para entender el arte de hoy y de ayer, sobre todo el de hoy,
hace falta mucha capacidad simbólica y mucho texto -no olvidemos que el arte se
ha hecho filosofía dada su autorreflexión-. La pregunta fundamental es: ¿puede
el ser humano dejar de ser humano para devenir otra cosa, si entendemos que lo
más propio de éste es su capacidad de simbolizar? Una época en la que el ser
humano pierde su dimensión simbólica progresivamente es también simbólica. Su
sentido es la pérdida de la capacidad de hacer sentido más allá de la mera
gestión y el cálculo; el arte que predomina en esta época es el que señala la
esencia de su época, su mundo de sentido pero, ¿y si esto colapsara? El cyborg
y el mutante son trans-humanos, aspectos por venir de algo que se sale de las
definiciones hasta ahora dadas de lo humano (clásicas, existencialistas,
metafísicas). Los proyectos de ser-humano en la educación tienen que habérselas
con estos cambios en la facultad de simbolizar que, al fin y al cabo, refieren
a un tránsito epocal por el que nada podemos hacer; no es posible una vuelta
atrás de toda una concepción simbólica del mundo, entre otras cosas porque ese
otro mundo nostálgico y romántico del que habla el autor ya se está
clausurando. Lo que aquí importa es si vamos a educar a estos nuevos
trans-humanos para empequeñecerlos o engrandecerlos: ¿trans-humanos para el
consumo y el cálculo o súper-hombres? Esa es la batalla decisiva en la que se
decidirá si el ser post-humano encontrará nuevos cauces de simbolizar su época
o, por el contrario terminará de cerrarse, empequeñecido, en diminutas casas
donde habitar seguros, conectados a la red para buscar porno y películas de
acción. Puede haber gran arte, y de hecho lo hay, en esta época en la que ha
cambiado el modo de simbolizar y su potencia; la letra a caído, pero la visión
y el oído pueden actualizarse hasta límites insospechados. Yo seguiré con la
letra, soy del siglo XX, pero hay otros modos de hacer filosofía y arte: todo
depende de lo que quiera Wert para nuestros hijos.
jueves, 22 de enero de 2015
La amistad entre humanos: un comentario crítico sobre el De Amicita de Cierón.
De Amicitia, es un diálogo escrito por Marco Tulio Cicerón
en el que Lelio, unos de los personajes principales, expone que la amistad
supone virtud, cariño, amor, lealtad y respeto entre los hombres buenos. Siglos antes de la ilustración
nos está proponiendo Cicerón un sentido de la amistad que trate al otro que es como
fin en sí mismo, tal que el modelo de racionalidad práctica de la Metafísica de las costumbres y de la KrP de Kant; pero el elitista romano no es aún un ilustrado
del XVIII, ya que la razón lo es sólo entre hombres virtuosos, de ciudadanía romana, situados bajo el
signo de "los buenos". Aún así, el sentido de razón que en origen atraviesa
el texto es el del lógos griego. El lógos que es palabra, razón y nómos (ley), aquello que se da en la articulación apofántica: decir algo de algo con
sentido. “Sócrates es hombre”, “Sócrates es bueno”. El lógos que tanto Platón como Aristóteles proponen como
rebasamiento de la animalidad, hace posible que se abra la vida en común de
la polis, en la que se discute acerca de lo mejor y lo peor, de lo bueno y de
lo malo para el ciudadano, de lo que la propia pólis es, de manera que se prodigue el debate eterno acerca de la ley y la
costumbre.
¿Quiénes son los buenos? La categoría
de los boni comprende a los hombres
virtuosos de la humanitas[1]
romana, es esta última la traducción al mundo latino del proyecto de ciudadano de
la paideia
griega que busca la areté. Sólo el
bueno es humano y, por lo tanto, los criterios de racionalidad no instrumental
sólo a él deberían aplicarse, al que es ciudadano de Roma y sus provincias, que
además ha demostrado ser un caballero de la virtud, no por pertenecer a la
élite de una tribu o una casta patricia, sino por realizar en sí el ideal de lo
que debe entenderse por humano: hombre (no niño ni mujer), romano (no ajeno al
dominio de Roma)[2],
nacido libre (no esclavo) y virtuoso, estar en posesión de la virtus romana, el catálogo de virtudes
de la roma pre-imperial que coincide mucho con la lista de buenas aptitudes
que Lelio nos ofrece para caracterizar al amigo. En pocas palabras, la
racionalidad moral es sólo aplicable al bonus,
pero no al resto que no pertenece a esta categoría, tampoco al hostis (el enemigo del Estado), ni al inimicus, el enemigo personal e íntimo[3].
A todos estos que no forman parte de la humanitas
se les puede aplicar una racionalidad de tipo instrumental sin caer en
degeneración moral, porque no son humanos. En pocas palabras, la racionalidad
de la que hace gala, tanto el mundo griego como el latino no es universal, cosa
que sí pretende la modernidad (en Descartes la razón es lo mejor repartido en
el mundo), la cual ha acuñado el concepto de razón que ha estado en boga hasta
hace pocos años y que aún sigue estándolo, sobre todo entre los “re-ilustrados”.
No todo el mundo es susceptible, entonces, ni de ser amigo ni de ser humano[4];
hace falta para eso ser virtuoso y, además, que aquél que se parezca a uno, sea
igual de humano que uno mismo (igual de bonus,
de libre y de romano): “Pues quien contempla a un verdadero amigo contempla un
retrato de sí mismo”
Es la libertad, otra más en el catálogo
de las virtudes y otra más también ensalzada por el mundo ilustrado tanto en un
sentido positivo, autonomía de la voluntad en Kant; como en un sentido
negativo que para Locke y el resto de los empristas supone la no injerencia en el ámbito de lo privado por parte del Estado y los
otros que no son uno. ¿En qué sentido se
entiende la libertad en el tratado de Cicerón?
El tratado de Cicerón sea más cercano al primero, el kantiano: la
racionalidad le hace a uno saber que se es libre de manera indirecta, por el
concurso de la ley moral. La razón prescribe la ley moral y, al ser ésta un factum (conocimiento
sin intuición sensible), deviene ratio cognoscendi
de la libertad. Porque somos racionales sabemos que somos libres; porque
somos libres, somos en esencia racionales (libertad como ratio essendi de
moralidad): mentir es ir en contra de la racionalidad del romano y del
ilustrado. Así demuestra Lelio esto último cuando expone las reglas mediante
las cuales debe guiarse la amistad, de las que una de ellas es la de evitar
la simulación. Mentir es ir en contra de la
racionalidad del romano y del ilustrado. En la amistad nacida de manera “natural” como
“amor”, no de la necesidad y de la debilidad, dada entre iguales virtuosos y
romanos, no es necesaria ni deseable la simulación y el mentir, si así fuera ya
no sería aquello “amistad”, sino simple conveniencia.
Simular, más que mentir, es ir en contra de la libre donación que supone la libertad pero, con Cicerón y más allá de él, mentir no sólo subvierte la racionalidad moral y la amistad, sino también la donación interpersonal que acaece gratuita. Este es el concepto de Libertad que, por ejemplo, Heidegger tiene en mente: el del Lassen-Sein, el dejar ser y no imponer las fabulaciones de la subjetividad sobre aquello que se dona en su gratuidad, el ser de la amistad. Tanto es así que la disposición afectiva de fondo que el diálogo nos expone como condición de posibilidad de la amistad, el amor, brota de la coincidencia natural entre los amigos acerca de lo divino y lo humano; más aún, de lo divino y lo humano mismo: del ser[5]; del hecho de que se es, diría Agamben. El amor de la amistad tiene como fondo un presupuesto existencial que Cicerón expresa claramente en la definición de “amistad”. Es aquí donde encontramos la dimensión emotiva, como tono anímico de fondo, que surge de la concordia con el otro acerca del ser[6] ya que es el amor el que liga lo divino y lo humano; cielo y tierra (la cuaternidad de Hölderlin): “Pues la amistad no es otra cosa a no ser el acuerdo de todas las cosas divinas y humanas con benevolencia y amor”. Sólo mediante la benevolencia del bonus, del virtuoso que deja ser al otro (que es como él, humano), junto con el amor que surge gratuitamente de manera “natural” y libre, es posible la amistad.
Simular, más que mentir, es ir en contra de la libre donación que supone la libertad pero, con Cicerón y más allá de él, mentir no sólo subvierte la racionalidad moral y la amistad, sino también la donación interpersonal que acaece gratuita. Este es el concepto de Libertad que, por ejemplo, Heidegger tiene en mente: el del Lassen-Sein, el dejar ser y no imponer las fabulaciones de la subjetividad sobre aquello que se dona en su gratuidad, el ser de la amistad. Tanto es así que la disposición afectiva de fondo que el diálogo nos expone como condición de posibilidad de la amistad, el amor, brota de la coincidencia natural entre los amigos acerca de lo divino y lo humano; más aún, de lo divino y lo humano mismo: del ser[5]; del hecho de que se es, diría Agamben. El amor de la amistad tiene como fondo un presupuesto existencial que Cicerón expresa claramente en la definición de “amistad”. Es aquí donde encontramos la dimensión emotiva, como tono anímico de fondo, que surge de la concordia con el otro acerca del ser[6] ya que es el amor el que liga lo divino y lo humano; cielo y tierra (la cuaternidad de Hölderlin): “Pues la amistad no es otra cosa a no ser el acuerdo de todas las cosas divinas y humanas con benevolencia y amor”. Sólo mediante la benevolencia del bonus, del virtuoso que deja ser al otro (que es como él, humano), junto con el amor que surge gratuitamente de manera “natural” y libre, es posible la amistad.
[1] Cf. Heidegger, Carta sobre el humanismo, pp. 21-22,
Alianza. Ed: Madrid (1989)
[2] Cicerón, De amicitia, http://losdependientes.com.ar/uploads/18391679b.PDF,
p. 9: “Pues así me parece percibir que nosotros hemos nacido de tal manera
que entre todos hubiera una cierta sociedad; pero mayor según cada uno se
acercase más próximamente. Y así los ciudadanos son preferibles a los
extranjeros, los parientes, a los ajenos”
[3] Cf. Schmitt, C., El concepto de lo político, pp. 58-60, Alianza. Ed: Madrid (1990)
[4] Cicerón, Op. cit, p. 9: “Pero cuánta es la fuerza
de la amistad puede entenderse especialmente a partir de esto, porque, de la
infinita sociedad del género humano, la cual concilió la propia naturaleza,
este hecho se ha contraído y reducido a algo estrecho, de tal manera que todo
amor se juntara o entre dos o entre pocos.”
[6] Cf. Agamben,”La amistad” :
http://www.lanacion.com.ar/741397-la-amistad
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